El blog de una casa muy especial... en el corazón de la calle más famosa de Madrid

martes, 17 de octubre de 2017

"Don Octavio nos roba"

"Don Octavio nos roba", se leía en los pasquines que, esparcidos por el suelo del portal, aparecían cada mañana. Y lo mismo decían los que los vecinos de Fuencarral 39 encontraban en el interior de sus buzones, al recoger el correo.

Don Octavio (más conocido en el inmueble como 'Cantinflas') era el propietario de la finca. 
Cada primero de mes tenía la impopular costumbre de pasar personalmente piso por piso, con la disparatada pretensión de cobrar la renta. Eso sí, cuando se aproximaba al cuarto derecha, reclamaba la presencia de Fernanda (esposa de Miguel) para que cuidase de su integridad física, que, por lo general, corría un grave riesgo al intentar recaudar la mensualidad en casa de los Valentí. 
Los Valentí (que acabarían eliminando tanto la tilde como la pronunciación aguda de su apellido, convirtiéndolo en Valenti, hartos de que todo el mundo les llamase 'Valentín') eran tres hermanos temibles. Hijos de un conocido joyero, veterano inquilino del cuarto derecha, donde tenía instalado su taller, cada uno de ellos competía con sus hermanos en monopolizar la tarea de finiquitar al pobre don Octavio. Bien es cierto que los métodos propuestos por los vástagos del joyero eran diversos. El primero solía inclinarse por darle una paliza mortal a puñetazos. Otro proponía tirarle a la calle por el mirador, valiéndose de sus propias manos (algo que estuvo a punto de conseguir en varias ocasiones, en las que 'Cantinflas' llegó a balancearse sobre la calle de Fuencarral, con medio cuerpo flotando en el vacío, mientras profería agudos y desesperados gritos de auxilio). Y el último, más expeditivo, sacaba su '9 largo' y amenazaba con descerrajarle un par de tiros en la boca del estómago o, mejor aún, vaciar por completo el cargador en el interior del pequeño cuerpo del casero.
Todo ello solía terminar con don Octavio bajando apresuradamente la escalera (el ascensor solo era de subida), seguido a prudente distancia por Fernanda. Al pasar por los distintos descansillos, era habitual que se fuesen abriendo las puertas de algunos pisos, asomando sus respectivos inquilinos para corear un variado surtido de improperios, a cual más castizo y ocurrente.

Nunca se supo, a ciencia cierta, por qué los hermanos Valentí mostraban esa violenta animadversión hacia 'Cantinflas' (ellos habían sido, claro está, los creadores del mote), pero el hecho es que siempre se mostraban muy ofendidos con él, así como soliviantados con sus presuntas prácticas de latrocinio, mientras aseguraban, entre horribles juramentos y soeces blasfemias (que alternaban con piadosos votos a la Santísima Virgen), que la próxima vez no saldría con vida del edificio. Minutos después, olvidaban por completo el asunto hasta que, un mes más tarde, don Octavio, inasequible al desaliento, repetía su infructuosa visita y volvía a producirse un episodio similar.

Puede que fuesen ellos los iniciadores de la revuelta. O, tal vez, no. Eso nunca se supo.
Pero la mecha prendió y llegó a extenderse entre la mitad de los vecinos, quienes, deseosos de liberarse de la supuesta opresión de don Octavio, organizaban reuniones en las que se elevaba el tono al enumerar las ignominias por las que debían pasar, en su condición de súbditos de una tiranía económica, socialmente indigna de ciudadanos (inquilinos) libres. 
A esas reuniones no asistió jamás el señor Pellico, pero se escuchaban sus voces por el patio, repitiendo (por triplicado) sus famosos "¡No me da la gana!" y "¡Pues que me oigan!".
Él, pese a la prudente (y leve) oposición de su mujer y sus hijas, estaba decididamente alineado con la causa separatista, entre otras cosas porque carecía de ingreso alguno con el que sufragar el coste de la renta. Los dueños de las pensiones de la segunda planta ('Pozas' y 'Martos') también simpatizaban con el movimiento liberador de Fuencarral 39, cuya independencia del inicuo propietario del viejo inmueble se estaba promoviendo.
Se llegó a asegurar que don Octavio se había apropiado de la casa, tras haber sido esta invadida por sus antepasados en el siglo XVIII, lo que, a todas luces, parecía muy improbable, ya que su construcción databa de 1877, tal como figuraba en las escrituras. 

Los otros fuencarralenses, los más moderados, entre los que se contaban Queraltó, don Francisco, el inquilino del quinto derecha (cuyo nombre carece de importancia) y el dueño de la zapatería 'La Bruja', apostaban por una solución negociada con la propiedad, postura que también defendía Miguel, desde su condición de empleado de la finca.
La posición ante el conflicto de don José Gutiérrez Monterroso, el cura que tenía su bufete de abogado en el tercero derecha, no llegó a conocerse, dado que apenas aparecía por Fuencarral. La Iglesia suele ser muy discreta en estos asuntos políticos.

Se habló de referéndum entre los inquilinos, "verdaderos depositarios del espíritu ancestral de la gloriosa finca" (según los disidentes), pero nunca se llegó a producir una votación que respaldase el movimiento plebiscitario encabezado por los Valentí (sonoramente secundado, patio a través, por Pellico). De hecho, la única urna (procedente de una caja de 'Magia Borrás') de la que se tiene constancia fue vista muchos años después en el local de la portería, cuando se utilizó por los futuros Miembros de Honor de Taiwan Bird para elegir a su presidente.

La escalada dialéctica fue a más y el enfrentamiento con don Octavio se hizo inevitable. Los reformistas se consideraban (al menos, eso repetían) legitimados para tomar posesión de las viviendas que ya ocupaban, afirmación que parecía un tanto ociosa puesto que hacía años que residían en ellas. Pero daba igual: la mera insinuación de lo obvio no conseguía sino enardecer el ardor guerrero (es una metáfora, excepto en referencia a los Valentí) de los sublevados, quienes se juramentaron para desobedecer a 'Cantinflas' en defensa de una justicia que, según argumentaban con expresión digna y gesto altivo, estaba muy por encima de cualquier ley promulgada (en especial, la de arrendamientos urbanos).

Fueron tajantes al asegurar que nada ni nadie les movería de esta postura, moralmente impecable y fundamentada en unos valores irrenunciables, heredados de sus progenitores y de los progenitores de sus progenitores. Era una cuestión de principios. "Queremos que esta sea una casa moderna, actual, de nuestro tiempo. No nos gusta tener un casero rancio, chapado a la antigua, que solo vive preocupado por cobrar los alquileres", dijo el de la pensión 'Pozas', bajo cuya placa de latón había otra, más pequeña, que especificaba: 'Viajeros y Estables'. 
"Yo apuesto... un duro y una armónica a que no se va a gastar ni cinco en arreglar la escalera", añadió Pedrito, el sobrino del dueño de la pensión 'Martos' que estaba pasando unos días con sus tíos.

Lo que siguió a continuación, según me cuentan, fue repetitivo y aburrido. Tanto que nadie tuvo ánimos para contármelo.

Años más tarde, estando ya a punto de terminar mis estudios de bachillerato en el Ramiro de Maeztu, cayó, por casualidad, en mis manos un recibo del alquiler de nuestro piso. Yo no estaba muy al corriente de los precios de las viviendas alquiladas en Madrid, pero me dio la impresión de que era muy barato. 
–¿No es muy poco para una casa tan grande como la nuestra? –le pregunté a mi padre.
Sin levantar la vista del ejemplar del diario 'Madrid' que estaba leyendo, respondió con su habitual tono reposado:
–Sí, el casero nos bajó un día el alquiler a todos y no volvió a subirlo. 
–¿Por qué? –insistí extrañado.
–No sé. Los vecinos montaron un poco de lío. Pero creo que solo querían pagar menos.

sábado, 11 de febrero de 2017

Houdini vuelve a Fuencarral


En el número 21 de la calle de Fuencarral, haciendo esquina con San Onofre, estuvo la más importante sala de magia de Madrid, Houdini. 
Dicen que fue el 20 de octubre de 1995 cuando abrió sus puertas al público este local de excepcionales características, destacando, en particular, una decoración muy cuidada, capaz de transmitir el misterioso ambiente que cabe esperar de de una verdadera sala de magia, sin duda, la mejor en su momento. Fue su director Pablo Segóbriga de Garmany (Pablo Morales García, que tomó su apellido artístico de las ruinas romanas próximas a su Saelices natal), un destacado ilusionista, especializado en magia de cerca y mentalismo, maestro de muchos magos españoles. 

Cargado de cadenas y grilletes
Houdini cerró su magnífica sala de Fuencarral a finales de 2004 (no fue un buen año, no), aunque poco después abrió otro más pequeño cerca del Auditorio Nacional de Música, que se ha mantenido en activo desde entonces.
Curiosamente, el gran cartel con su nombre (rojo con letras blancas y tubos de neón que se van descolgando poco a poco) que anunciaba su presencia en la calle de Fuencarral, sigue allí, a la vista de los miles de transeúntes que la recorren a diario (la mayoría de los cuales, claro está, desconocen el porqué de su notable existencia).


Pues bien, Houdini (que como acabamos de contar nunca llegó a marcharse del todo de Fuencarral) ha vuelto. Pero, esta vez, ha sido el gran Harry Houdini el que se ha presentado, de la mano del Espacio Fundación Telefónica, en otra de sus atractivas exposiciones (del 10 de febrero al 28 de mayo de 2017).


La firma de Harry Houdini y el logotipo de la sala de magia, inspirado en ella

El título de la muestra es 'Houdini. Las leyes del asombro'. Visitándola hacemos un recorrido por la vida profesional de quien ha pasado a la historia del ilusionismo, con todo merecimiento, como el más famoso 'escapista' de todos los tiempos.
Nacido en Budapest en 1874, en el seno de una familia judía, muy pronto (a los cuatro años de edad) se trasladó con sus padres y hermanos a los Estados Unidos. 
Buen atleta, genio de la magia y gran comunicador, fue el artífice de los principios de ilusionismo moderno, destacando por sus espectaculares puestas en escena, muchas veces sustentadas sobre actuaciones que se apoyaban en fundamentos científicos, físicos y de una depuradísima técnica, en cuyo perfeccionamiento trabajó incansablemente durante toda su vida.

Houdini se llamaba en realidad Erik Weisz, nombre que 'americanizó' cuando, al emigrar a los Estados Unidos, lo transformó en Erich Weiss. Sin embargo, influido por la lectura de las memorias de Jean Eugène Robert-Houdin (célebre ilusionista francés considerado el padre de la magia moderna), adoptó una ligera variación de su apellido (que, en realidad, no lo era hasta que añadió el de su esposa al suyo, creando el compuesto Robert-Houdin), convencido de que, en francés, la 'i' final con la que lo completó significaba 'igual a'.

Harry Houdini vivió a caballo entre el final del siglo XIX y el principio del XX (la mitad de su vida en cada uno), ya que murió el 31 de octubre de 1926, a la edad de cincuenta y dos años. Todavía hoy, los magos de todo el mundo celebran sesiones cada 31 de octubre, invocando el espíritu de Houdini. 

La exposición consta de seis partes, entre las que destaca la dedicada al escapismo, la gran especialidad del gran ilusionista de Budapest. En ella podemos ver piezas que reproducen objetos e imágenes relacionadas con el trabajo de Houdini, tales como el vídeo de la 'celda de tortura acuática´ de la que escapaba tras haber producido una profunda impresión en el ánimo del público que asistía a su espectáculo.
Y no faltan en ella muestras del impactante despliegue publicitario que siempre acompañó sus actuaciones por todo el mundo. Esta eficaz actividad publicitaria, así como su frecuente aparición en los medios, a través de entrevistas y reportajes, ayudó, de forma considerable, a extender su fama tanto en los Estados Unidos, como a nivel internacional. 







También fue un maestro en el arte de las desapariciones imposibles, como la de su elefanta Jennie, que se esfumaba delante de las narices de los asombrados espectadores.
Y no faltan las referencias a su animadversión por el espiritismo (tan en boga en su tiempo), al que él combatía activamente, por considerarlo un fraude basado en supuestos fenómenos paranormales que chocaban frontalmente con su concepción científica y física del ilusionismo, concebido como una técnica sustentada en la destreza, el esfuerzo y el trabajo duro. 



No hay que olvidar que una buena parte de sus números los realizaba a base de la extraordinaria capacidad que había desarrollado para superar situaciones límite, imposibles para una persona normal que careciese de su fortaleza y habilidades, conseguidas todas ellas mediante un intenso, constante y concienzudo entrenamiento. Esa capacidad de trabajo y permanente afán de superación, unidos a su genio natural para el espectáculo y la innovación, son las virtudes que le convirtieron en el más grande de los magos y le han permitido pasar como tal a la historia.

Luminoso de la desaparecida sala Houdini en Fuencarral
Pero este gran artista, que revolucionó la magia, incorporando siempre a sus más que llamativos espectáculos características sorprendentes y un buen número de novedades adelantadas a su época, fue, además, un pionero de la aviación.
En esta faceta de sus habilidades, cabe destacar que se convirtió en la primera persona que voló sobre Australia, hecho que se produjo el 16 de marzo de 1910, tras haber realizado un largo viaje en barco desde el puerto francés de Marsella hasta Melbourne, en el que fuera su único (y muy notable) viaje a Oceanía.


Un hombre extraordinario, cuya bien ganada fama sigue viva en el recuerdo de todos.
Ya iba siendo hora de que Houdini regresase a la calle de Fuencarral. 
Le estábamos esperando.

jueves, 20 de octubre de 2016

Galápagos y delfines en Hortaleza

En la calle de Hortaleza hay una fuente. Una fuente cuyo nombre todavía crea alguna que otra confusión, aunque bien es verdad que cada vez menos, ya que el equívoco viene de una historia que, poco a poco, se va olvidando.


La fuente se encuentra en la esquina con la calle de Santa Brígida, adosada al pequeño chaflán del edificio del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, que fuera durante muchos años sede de otro colegio, las Escuelas Pías de San Antón sin duda alguna el más famoso del barrio (en él estudiaron, entre otros, Víctor Hugo, Mala Estrella y Paquito). Allí estuvo antes un antiguo hospital de leprosos, regentado por los hermanos de San Antonio Abad.

Cuando hoy vemos la fuente, nos encontramos con un par de delfines pegados a la pared, con sus colas entrelazadas y enmarcadas por una gran concha marina, de cuyas bocas surgen sendos caños de agua (no potable, como advierte un cartel) que vierten en un vaso semicircular, de poca altura, cuyo perímetro no sobresale de lo que, en su día (hasta 1770), fue la aguda punta del edificio.
En el chaflán, de bella y elegante factura, puede verse en números romanos: MDCCLXXII (1772). Esta fecha es, en sí misma, uno de los motivos de la confusión antes mencionada.


Pero retrocedamos en el tiempo. 
En ese mismo lugar hubo otra fuente. Calculo que desde 1618, aproximadamente, cuando terminaron las obras del viaje de agua de la Castellana que parece ser era el que la abastecía. El viaje del Buen Suceso (inmediatamente anterior al de la Castellana) también pasaba por debajo de la calle de Hortaleza, pero iba más profundo. En cualquier caso, la fuente ya aparece dibujada (con el número 41) en el plano de Texeira (1656), en el que figura con el nombre de 'Fuente de las Recoxidas' (Recogidas), tomando su nombre del convento de Santa María Magdalena de la Penitencia (conocido vulgarmente como 'Recogidas'), sito en el actual número 88 de la calle, que ocupa la sede confederal de UGT. 
El convento fue construido hacia 1620 y, como la primitiva fuente, aparece perfectamente dibujado, en el plano de Texeira (con el número LV), bajo la denominación: 'Recogimiento de las Arrepentidas Fundose Año 1618'. Su historia es muy interesante, tanto que debe ser contada en otro lugar.


Plano de Texeira (1656)









Lógicamente, la iglesia de San Antón (en la esquina con la actual calle de la Farmacia, que en aquellos tiempos se llamaba de San Juan) no puede estar recogida en el plano de Texeira, ya que fue edificada, como iglesia del hospital de leprosos, en 1742 (obra de Pedro de Ribera, que poco tiene que ver con la que ahora existe). En el plano de Chalmandrier (1761) sí vemos con claridad tanto la fuente, como el convento y la iglesia:

Plano de Chalmandrier (1761)





Como es fácil de suponer, esta fuente (que era de considerables dimensiones) no tenía una función decorativa, sino que servía para abastecer de agua a la zona, por lo que debemos imaginar que fue un lugar de mucho trasiego en el barrio durante los más de ciento cincuenta años que allí permaneció en su estado original.

Madrid creció y se embelleció mucho en ese largo período, evolucionando las necesidades de una ciudad que, durante el reinado de Carlos III, fue modernizándose y mejorando en su estética y en su funcionalidad urbana. Así, en 1770, siendo Ventura Rodríguez desde 1764 maestro mayor de fuentes (fontanero mayor), proyecta la construcción de la fuente de los Galápagos, para sustituir a la primitiva.
El texto que acompaña al proyecto explica con claridad que "es preciso tomar el sitio de la esquina, propio de los PP. de S. Antonio Abad". De igual forma, deja constancia del mal estado de la fuente vieja y su arca principal, por lo que es necesario renovarlas. Por último, advierte Ventura Rodríguez que esta antigua construcción (la fuente y su arca principal) "embarazan al público el paso de ambas calles [Hortaleza y Santa Brígida], causando notable fealdad su mala forma y aspecto".
Proyecto de Ventura Rodríguez para la nueva fuente (1770)

En el alzado podemos apreciar el jarrón adosado al nuevo chaflán (obra de Miguel Jiménez) flanqueado por unos galápagos que acabaron dando nombre a la fuente.
Muy interesante es observar, en la planta del proyecto de Ventura Rodríguez, la situación de la antigua fuente y el agudo ángulo con el que terminaba el edificio, eliminado por el chaflán. Viendo el dibujo, no cabe duda de que, efectivamente, la fuente original era un estorbo para la circulación y carecía de gracia alguna.

Si comparamos el proyecto original con la fotografía de Alfonso Begué (1864), que reproducimos a la izquierda, apreciamos bien algunas diferencias, siendo las más notables la fecha grabada sobre la fuente (está claro que fue proyectada en 1770 y realizada en 1772) y el número de caños (uno el el dibujo de Ventura Rodríguez y cuatro en la fotografía). 
Suponemos que, como casi siempre ocurre, en el diseño prevaleció la belleza de la composición estética y en la realidad, la eficacia práctica de su uso.











Por cierto, Alfonso Begué, el autor de la foto, tenía su estudio en la calle de la Luna, 38.

Muchos años estuvo en pie la fuente, según el diseño original de Rodríguez, hasta que en 1900, con un tráfico creciente en una calle tan céntrica, volvió a resultar incómoda para los giros entre Hortaleza y Santa Brígida, eliminándose el jarrón de las tortugas y reduciendo la superficie semicircular del arca. Estas modificaciones resultaron en el aspecto que hoy presenta la fuente, al incorporarse los dos delfines actuales adosados al muro del chaflán. He aquí la causa de la confusión entre delfines y galápagos cuando unos y otros se refieren a la fuente. El hecho de que permanezca sobre ella la fecha de la construcción de la de los Galápagos, induce al error de pensar que fue en ese año cuando se instaló la que ahora vemos con dos delfines.

Durante las primeras décadas del siglo XX, estos nuevos delfines siguieron suministrando agua potable a los vecinos, como podemos comprobar, por ejemplo, en el documento gráfico que vemos aquí, fechado en 1930:































En esta otra fotografía, de 1946, vemos a dos chicos (probablemente alumnos de los Escolapios de San Antón) refrescándose en la fuente.
Y alguna reforma tuvo entre 1930 y 1946, ya que el murete semicircular del arca es más alto que en la imagen anterior y la pared de ladrillos en la que se apoyan los delfines ha sido cubierta por placas de piedra.
Hoy se han vuelto a dejar a la vista los ladrillos, eliminando en esa parte el paramento de placas de piedra, así como una chapa metálica rectangular que puede apreciarse en ambas fotografías (a la izquierda) y que podría ser la tapa de un registro.

También se observa que, en ese momento, solo manaba agua de uno de los dos caños


Sin embargo, las confusiones no terminan aquí. Y es que hubo otra fuente, muy próxima, que se llamó fuente de los Galápagos. Una fuente que, además, tenía delfines. Y los sigue teniendo, ya que sigue existiendo, aunque ahora está situada en el parque del Retiro.
Nos referimos a la fuente monumental, también llamada de Isabel II, inaugurada en 1832 en la Red de San Luis, justo donde empezaban las calles de Fuencarral y Hortaleza. 
Esta fuente, ubicada a unos pocos metros del lugar que, tras la construcción de la Gran Vía, ocuparía después el célebre templete de Antonio Palacios, recibía el agua del mismo viaje de la Castellana que, como ya hemos dicho, bajaba, soterrado, por toda la calle de Hortaleza.
Fue proyectada por el arquitecto Javier de Marietegui y Sol, arquitecto mayor de Madrid, y las esculturas son del granadino José Tomás. Por supuesto, también tuvo en sus orígenes, aparte de la ornamental, la función de abastecimiento de agua. Este uso se vio disminuido con la inauguración del Canal de Isabel II, y en la foto de 1870 (abajo) ya la vemos como mero elemento decorativo. En 1879, se trasladó a su actual emplazamiento, en la glorieta de Nicaragua del parque del Retiro, a pocos pasos del estanque grande y no muy lejos de la puerta de Alcalá.

La fuente de Isabel II, en la Red de San Luis (1870)























Queda claro, a la vista de todo ello, que delfines y galápagos han sido vecinos habituales (dos de los primeros aún lo son) de la calle de Hortaleza y que sus reiteradas idas y venidas son las causantes de esas confusiones que se producen al nombrar, recordar e identificar sus fuentes. 
Esperemos que este breve recorrido por su historia haya servido para ayudar a conocerlas un poco mejor.





La fuente de Isabel II, en su actual emplazamiento de la glorieta de Nicaragua del parque del Retiro

viernes, 7 de octubre de 2016

Hitchcock


Solo era cuestión de tiempo. Tarde o temprano, el mago del suspense tenía que darse una vuelta por la calle de Fuencarral.
Lo ha hecho, de la mano de Espacio Fundación Telefónica, con una interesante exposición en su sala de Fuencarral 3, donde le precedieron otros notables, como Julio Verne o Jim Campbell.
Bajo el título 'Más allá del suspense', se nos presenta un recorrido por una buena parte del trabajo cinematográfico de Alfred Hitchcock, en un interesante y cuidado montaje, en el que destaca el análisis de algunos aspectos técnicos de su obra, sin descuidar en absoluto la puesta en escena, con una estética muy especial que resalta la personalidad y los gustos personales del autor.



Todo ello, envuelto en un ambiente 'de cine', siempre dentro del universo particular de este gran director, probablemente el más reconocible de todos los tiempos.

Grabando en la instalación de 'Los pájaros'














La exposición (dicen que es la primera realizada en España sobre él) recoge aspectos muy diversos de su filmografía, desde la explicación de algunos de sus trucos visuales hasta fotogramas ampliados y minisecuencias de algunas de sus películas más recordadas, como 'Los pájaros', 'Vértigo', 'Psicosis' o 'La ventana indiscreta'.

Grace Kelly en 'La ventana indiscreta'









Vigilando la exposición



Pero todavía hay mucho más, empezando por los letreros que dan paso a las distintas salas, con su aspecto de carteleras luminosas de cines de mediados del siglo XX, y siguiendo con los vestidos que lucieron Grace Kelly y Kim Novak, así como algunos carteles originales.

El diseño de la exhibición es muy atractivo y bien integrado en la iconografía de Hitchcock, lo que hace más interesante el recorrido por las distintas salas, en las que siempre encontramos imágenes potentes que nos sumergen en la memoria que todos conservamos de sus películas.

Rodaje de 'Los pájaros'


Tengo la seguridad de que él hubiese disfrutado rodando en la calle de Fuencarral, tal vez rodando una escena en la que Kim Novak fingiese un ataque de vértigo en lo más alto de la Telefónica o una persecución con Cary Grant saltando por los tejados hasta descolgarse por la fachada interior del gran caserón del número 43 para despistar a sus perseguidores, escondiéndose entre los boxeadores que entrenaban en su famoso gimnasio o disfrazado de pianista en la tienda de Hazen.

'Marnie, la ladrona'






Tendremos que conformarnos con tenerle, de forma póstuma, entre nosotros, acompañado, eso sí, de una Grace Kelly cuya mirada ilumina la oscuridad protectora que envuelve a una exposición que ningún amante del cine debe perderse. Y, menos aún, estando en la calle más extraordinaria de Madrid.


Grace Kelly y Cary Grant en 'Atrapa a un ladrón'








martes, 19 de julio de 2016

El Tribunal de Cuentas del Reino

Junto con los de la Telefónica y el Hospicio de San Fernando, el del Tribunal de Cuentas del Reino es uno de los tres grandes edificios de la calle de Fuencarral. 

Edificio del Tribunal de Cuentas del Reino (Fuencarral, 81)








Está situado frente al viejo Hospicio (hoy Museo de Historia de Madrid) y da nombre a la estación de Metro cuya entrada original, que da acceso directo a la línea 1 (todavía en servicio, aunque hay otra, más reciente, en la esquina de Barceló, por la que se baja a las líneas 1 y 10), se encuentra junto a su puerta principal.

Dando nombre a una estación de la línea 1 del Metro de Madrid 




El solar que hoy ocupa este gran edificio es el señalado con el número 350 en la Planimetría General de Madrid y, según cuentan las crónicas, formó parte, en su día, de la que fuera famosa quinta del conde de Vocinguerra de Arcos, en la que dicen se conspiraba contra Felipe II y a favor de su hijo, el misterioso y malogrado príncipe Carlos.

En cualquier caso, eso fue cuando esta zona estaba muy alejada del centro y, desde luego, antes de los registros de las diversas y sucesivas propiedades que constan de la manzana 350. Una lista interesante de nombres y oficios, entre los que llama la atención que el Monasterio de El Escorial fuera, por algún tiempo uno de los nombres más repetidos, ya que llegó a ser el propietario de casi todas las viviendas de este bloque.

Detalle del documento manuscrito de Luis María Prado (1869)
En el plano que aquí se publica, vemos que hay dos casas en la manzana (con varios 'sitios' cada una -ocho y dos, respectivamente-, como muy bien explica Luis María Prado en su trabajo autógrafo de 1869, en el que detalla las sucesivas transacciones de todas ellas al lo largo de los años, nada menos que desde 1611) y ambas fueron adquiridas, sucesivamente (1770-71) por el conde de Aranda, Pedro Pablo Abarca de Bolea, secretario de estado de Carlos III, hombre ilustrado y de gran importancia en su reinado. 

Manzana 350 (Planimetría General de Madrid)





El conde de Aranda hizo construir allí una casa-palacio, de la que solo hemos conseguido un alzado de la ampliación realizada en la fachada posterior (Corredera Alta de San Pablo), firmada por Ramón Durán, en 1788 y con el visto bueno de Juan de Villanueva (otra fuente da la fecha de 1779, sin duda equivocada, ya que en el documento reproducido y guardado en el Archivo de la Villa de Madrid, firmado por el mayordomo del conde, aparece manuscrita la fecha '27 de marzo de 1788'). 

Ampliación de la fachada posterior de la casa del conde de Aranda (Ramón Durán)


Hay que suponer que su diseño seguía el estilo del resto del edificio. En el excelente y bien documentado trabajo de Mª Teresa Fernández Talaya (al que hemos tenido acceso gracias a la muy amable y eficaz colaboración de la bibliotecaria del Tribunal de Cuentas, Dª. Isabel Urzáiz), encontramos la descripción detallada de la casa, según consta en su escritura:



Ya en 1815, unos cuantos años después de la muerte del conde, sus herederos venden la finca al rey Fernando VII, quien la convierte en cuartel de la Guardia Walona.

En la impresionante maqueta de Madrid de León Gil de Palacio (1830) podemos ver muy bien el aspecto del inmueble (suponemos que cuando ya había sido convertido en cuartel, aunque se puede observar, con claridad, la similitud de las fachadas con la dibujada por el arquitecto Ramón Durán en 1788).

La manzana 350 en 1930, según la maqueta de León Gil de Palacio















El edificio sufre un incendio en 1835 y nueve años más tarde, en 1844, se rehabilita y destina a sede de un batallón de Ingenieros, arma que apenas lo ocupa, ya que ese mismo año se trasladan a otro local y el cuartel queda para la Guardia de la Reina.
El progresivo deterioro del edificio hace que sea abandonado y permanezca en estado ruinoso durante varios años. En 1857, un documento interno del Ayuntamiento de Madrid dice que "... el cuartel llamado del Hospicio se halla ruinoso y en su interior no existe nada, únicamente quedan en pie las tapias y con peligro de derrumbarse con las lluvias, por lo cual piden permiso para derribarlo". Y, otro, añade que "... este lugar se halla situado cerca de una de las puertas más importantes que dan entrada a la capital, y está sirviendo de albergue a malhechores por razón de los sótanos descubiertos que en él existen, todo lo cual exige se fije en él la atención de la Corporación Municipal por el bien del ornato público y la seguridad ciudadana".
Así, tras algún intento fallido de permuta de solares, es incautado por el Ministerio de Hacienda y sobre él se comienza a edificar en 1860 la nueva sede del Tribunal de Cuentas del Reino.

Un bonito grabado de la época, en el que vemos el edificio recién terminado


Francisco Jareño y Alarcón es el arquitecto designado para construirlo. Jareño, autor, entre otras obras, de la Biblioteca Nacional y la desaparecida Casa de la Moneda, proyecta y realiza un imponente edificio neoclásico, de gran sobriedad, estrictamente ajustado a las alineaciones de las cuatro calles colindantes (Fuencarral, Palma, Corredera Alta de San Pablo y San Vicente Ferrer), cuya forma trapezoidal se absorbe mediante un patio central de planta similar a la del solar.

El aspecto inicial aligeraba su gran solidez con una elegante cornisa que remataba las fachadas de ladrillo y sillería de granito. Por desgracia, en algún momento del pasado siglo XX, se tomó la lamentable decisión de añadir un piso superior que afea, de forma notable, la silueta de un edificio tan importante cuyo privilegiado emplazamiento frente al Hospicio de Ribera compone un conjunto singular, de gran valor arquitectónico y especial significado histórico no solo para la calle de Fuencarral, sino para la la propia capital de España.

El edificio en su estado actual (izquierda) y tal como fue diseñado y construido por Jareño (derecha)






















Bajo la cornisa, existen unos pequeños 'ojos de buey' que, en el edificio original, servían de luminarias a las buhardillas originales. Desde estas ventanas circulares se observa una curiosa vista de Madrid, tal como podemos ver en la fotografía realizada desde una de las salas de la biblioteca del Tribunal de Cuentas.